Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

LOS PUEBLOS DEL SILENCIO DE NUEVO EN LAS LIBRERÍAS



FOTOGRAFÍA: Portada del libro Los Pueblos del Silencio

Para los que me habéis escrito interesados por saber cómo y dónde adquirir el libro "Burgos. Los pueblos del silencio", os comunico que de nuevo se encuentra en las librerías de Burgos, en su octava edición.

VENTANAS BURGALESAS CON "HERÁLDICA" ECLESIAL

Ventana en San Mamés de Abar. Llama la atención que las dos llaves 
no estén formado aspa.

Ventana en San Mamés de Abar
con símbolos sagrados


Ventana en Santa María del Campo


Ventana en Santa María del Campo con arco conopial.
Debió pertenecer a alguna dignidad eclesiástica


FOTOGRAFÍAS: Ventanas de San Mamés de Abar y Santa María del Campo (Tomadas en 2017)


Abrimos una vez más el ya abarrotado arcón de ventanas ilustres para guardar tres nuevos ejemplares, dos de ellos en San Mamés de Abar, el pueblo de la famosa Fuente Abar, que da origen al río Rudrón, y otra más en Santa María del Campo. Probablemente del siglo XVIII las dos primeras (una de ellas está fechada en 1727), las tres tienen en sus escudos (si así se les podría llamar) como elementos comunes las Llaves de San Pedro y el Cáliz, lo cual puede conducirnos a algún cargo eclesiástico propietario de la casa. De todas ellas la más antigua parece la de Santa María del Campo, pues su arco conopial con varias molduras pueden llevarnos a finales del siglo XV o principios del XVI. Llama la atención en esta, por su originalidad, las citadas Llaves y la Tiara Papal dentro de un águila a un lado del arco y lo que quizá pudiera ser un cordón ¿franciscano? cerrando una figura extremadamente erosionada  e informe en el otro.  
Lo que podría llamarse heráldica de iglesia (aunque no haya una intención heráldica en las representaciones) está muy presente en los pueblos de Burgos, en efecto, por ese motivo hace tiempo que inauguramos en el inventario que llevamos un apartado para las ventanas con escudo diferenciadas de las hidalgas, para aquellas que, por los símbolos sagrados que acompañan, bien pudieran encajar en dicha tipología.


viernes, 8 de diciembre de 2017

DESPOBLACIÓN




FOTOGRAFÍA: Camino de Monterrubio

-¿Qué haces aquí, abuela?
-Nada, hijo, estoy esperando a ver si pasa alguien por el camino.
-Pero ya no queda nadie, abuela, todos los del pueblo se marcharon ya a la ciudad.
-Estoy esperando a que vuelvan, sé que algún día volverán.
-Se va a enfriar, pronto va a llegar el invierno.
-Los fantasmas no se enfrían, hijo.
-¿Y hasta cuándo va a estar?
-Hasta ver pasar los que se fueron.
-Ah, todavía tiene esperanzas.
-Sí.

lunes, 4 de diciembre de 2017

LA VENTANA ENCRIPTADA DE QUINTANILLA VIVAR


Precioso frente en la casona misteriosa

Venta con  extraña inscripción 

S   B   B    ¿igual a Santa Bárbara Bendita? 

Datación (Año de 1742) y tres signos sobre ella

Elegantes ventanas, una de ellas con llaves de San Pedro,  
anagrama de Jesús y  nombre de María.
Todo indica que debió tratarse de un edificio de
carácter religioso

En los bajos de la casona hubo una cantina



FOTOGRAFÍAS: Casona de Quintanilla VIvar (Tomadas en noviembre de 2017)

Existe en Quintanilla Vivar una casona de cierta dignidad sobre la cual nadie ha sabido decirme nada. Sin ni siquiera nombre que la identifique, nadie, ni los más viejos del lugar, sabe a quién perteneció ni los usos que tuvo. Bueno, un uso sí, todos coinciden en que en sus bajos estuvo, durante muchos años, abierta una cantina, de eso si que se acuerdan, pero nada más. En el mismo Ayuntamiento, que se supone tendría que tener conocimiento y relación de los edificios notables de su administrado pueblo, tampoco han  sabido decirme nada de este caserón, que a juzgar por los signos que se observan en su fachada principal, por fuerza tuvo que pertenecer a alguna institución religiosa, bien en forma de convento, de escuela, internado o similares. 
Quintanilla no tiene tanto patrimonio como para que este singular edificio pase hoy desapercibido. Y resulta en verdad curioso que los vecinos de más edad pudieron conservar durante siglos la vieja tradición de que las culebras fueron malditas en su pueblo y aledaños por El Cid y que, por el contrario, no recuerden ya la pertenencia y usos de una casa de porte noble y de no tanta antigüedad como la leyenda.
Pero la fachada, pese a esta incomprensible ignorancia, con sus elegantes adornos e inscripciones misteriosas, se empeña en llamarnos la atención. Así, uno de los misterios sería ese, que nadie recuerde nada de lo que fue, y el otro, la rarísima inscripción que sobre una de las ventanas puede verse (digo bien, digo verse, porque leerse es harina de otro costal). Cuando la vi por primera vez, a primera vista, en un fugaz ramalazo, me pareció leer Santa Bárbara, pero no, fijado el ojo, pronto me di cuenta de que la inscripción era algo más complicado, algo de difícil interpretación. Y aún hoy, queridos amigos, tras haberla tenido delante de mi tiempo y tiempo, ampliada en el ordenador, sigo sin obtener nada comprensible. Por más que la miro y remiro, nada en limpio veo en ella (salvo que las iniciales mayúsculas signifiquen Santa Bárbara Bendita)  hasta el punto de que he llegado a pensar que se trata de un jeroglífico o de un mensaje encriptado, un mensaje en clave de alguien perteneciente a alguna extraña secta, o incluso si está escrito por alguien que no estaba en su sano juicio, peregrinas ideas todas, desde luego, a las que nadie debe hacer caso.
Más fáciles de interpretar son las ventanas centrales, donde, junto con algunas elegantes florituras, una cruz y las llaves de San Pedro, nos sugieren la condición religiosa de la casona, o la ventana que está a la derecha, donde, bajo tres símbolos verticales, también de dudoso significado, se ve con claridad la fecha de la construcción (AÑO de 1742).
Ojalá este escrito caiga en ojos de alguien que pueda ayudarnos a desentrañar los misterios de los que os he hablado, en mi ignorancia, yo me he sentido incapaz. 


sábado, 25 de noviembre de 2017

EL TESORO DE SANTA MARINA


Algo más que una simple ermita

Llenas de simbolismo

Pinturas monocromas

¿Jesucristo crucificado y la Virgen María?

Nudos de Salomón y simbólico sol 

Indumentaria medieval ¿en danza?, y de nuevo el sol

Pavos reales y flor de lis, simbolismo cristiano



FOTOGRAFÍAS: Pinturas de Santa Marina en Villamartín de Sotoscueva (tomadas en 2015 y 2017)

        Cuando en la Guerra Civil Española los soldados italianos, combatientes en el bando “Nacional”, hicieron sus grafitis fascistas en el exterior de la ermita de Santa Marina, en Villamartín de Sotoscueva, posiblemente no debían sospechar el enorme tesoro que esta humilde ermita guardaba en su interior. ¿O sí?
¿Llegaron a estar dentro de ella los italianos? Es muy posible, no lo sabemos con seguridad, pero si así fue, ninguna inscripción semejante a las del exterior, ni ninguna otra, dejaron. Quizá quedaron tan sorprendidos y admirados por las representaciones pictóricas que vieron sobre los revocos, especialmente del ábside, que hasta ellos mismos, posiblemente embrutecidos por la guerra (no hay guerras que no embrutezcan), debieron pensar que aquella maravilla era única y que merecía ser respetada.
Ocupado o no su interior por los italianos (cosa que queda pendiente de verificar), fueron pasando los años después de la contienda fraticida y la ermita de Santa Marina, al tener Villamartín un gran templo parroquial, debió permanecer cerrada durante todo el año, como suele ser habitual en este tipo ermitas, con la excepción del día de su onomástica, el 18 de julio. Después vino la despoblación a visitar el pueblo y con ella el abandono y descuido total. Aun así, a pesar de ser “la gran desconocida” y de su más que evidente deterioro, Santa Marina permaneció en pie y sus pinturas (algunas maltrechas), llegaron milagrosamente hasta nuestros días.
Hace apenas tres años un amigo historiador, a quien se encargó el estudio de dichas pinturas (un trabajo que pronto ha de ver la luz), me advirtió de su existencia y de su antigüedad, siglo XV. Y yo no daba crédito, pues por mi condición de espeleólogo y explorador del complejo de Ojo Guareña fueron muchas las veces que había estado en este pueblo y nadie me había comentado nada al respecto, y tampoco conocía nada publicado. Todo ello picó mi curiosidad, como bien podéis imaginar, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, y decidí que tenía que visitar la ermita tan pronto como me fuera posible. Debió pasar un año hasta que, por fin, tuve el tesoro delante de mis ojos. ¡Jamás se me pasó por la cabeza que en Santa Marina pudieran dormir el sueño del olvido unas pinturas tan fabulosas, tan  llenas de simbolismos, tan increíbles!
 Acostumbrados a las glorias románicas burgalesas, nadie que vea esta ermita por fuera diría que en su interior se conserva una de las muestras pictóricas medievales más interesantes que se conocen. Uno contempla el edificio, de nave rectangular, cabecera cuadrada y de humildísima mampostería, y a primera vista le viene a la cabeza una ermita más de las cientos de ermitas como hay en Burgos sin apenas valor artístico. Solo unas letras góticas en rojo, desdibujadas por el paso del tiempo y escritas en la sencilla portada con arco de medio punto, nos alertan de que dentro es posible que haya algo de interés. ¡Y vaya si lo hay! Y me pregunto cómo ha sido posible que el tesoro que vais a ver, queridos amigos, haya pasado tan desapercibido tanto tiempo, desconocido para todos, y lo que es peor, sin cuidados ni protección alguna (hasta ahora).
Afortunadamente, en días recientes se han realizado algunas tareas de restauración en la ermita, y ello debe llenarnos de alegría. Esperemos que estas tareas sean solo parte de una primera fase y que haya una continuidad hasta la dignificación total del cofre y su tesoro. Lo esperamos.


PD: Recomiendo abrir este enlace para conocer algo de mayor enjundia sobre estas pinturas.




Restaurando la ermita (noviembre de 2017)

Una vista de fuera adentro antes de las obras de restauración

  

jueves, 23 de noviembre de 2017

UNA ALDABA EN LA IGLESIA

Un llamador en la puerta de la iglesia


FOTOGRAFÍA: Aldaba (Tomada en noviembre de 2017) 

       Patear la provincia y sus pueblos, curioseando aquí y allá, lleva a uno a descubrir cosas insólitas, algunas de las cuales ya hemos guardado en este Cajón de Sastre. Una vez fue el descubrimiento de una llave inglesa esculpida dentro de un escudo del siglo XVIII (que no me digáis, queridos amigos, que no tiene su misterio), otra, un tanque de la Segunda Guerra Mundial en lo más alto de una loma de un tranquilo pueblo burgalés que nada tuvo que ver con dicha guerra (Quintanilla Cabe Rojas), otra, un avión posado en un cerro junto a un castillo medieval (Coruña del Conde), y otra más, dos espantapájaros sentados en sendas butacas viendo la televisión en medio de un huerto. En fin, la lista de curiosidades, que en su momento vimos aquí, es ya demasiado larga como para volver sobre ellas (mejor ver su correspondiente etiqueta). Sirvan solo las expuestas para presentar una más que en días pasados tuve ocasión de ver en la iglesia de un pueblecito burgalés de la zona de Villadiego (otra de las Laponias de Burgos). Se trata de un llamador, con forma de mano, en la vetusta puerta de acceso a la iglesia. ¿Una  aldaba en la puerta de la iglesia? Reconozco que no sé de otro caso semejante. ¿Es que acaso sirve para que, si la aporreamos, alguien desde dentro puede abrirnos? ¿Quién nos abriría en ese caso? 

viernes, 17 de noviembre de 2017

LA VENTANA DE MAZUELA, LOS FALSOS ANGELOTES


Ventana y escudo... y añadidos eléctricos

Parecen angelotes, pero no lo son

Hidalga y blasonada casona, con extraña ventana

FOTOGRAFÍAS: Ventana en Mazuela (Tomadas en noviembre de 2017)


        Continuando con la serie de ventanas ilustres de Burgos, que desde hace algunos años llevamos iniciada, guardamos hoy en su correspondiente arcón, junto a tantos como llevamos ya guardados, un ejemplar bello y singular abierto en una vieja casona de Mazuela. Una mínima cruz en la parte superior del remarcado del vano, así como las llaves cruzada de San Pedro y una cruz de Calatrava en sendos cuarteles del escudo que se encuentra a su lado, son señales que podrían estar indicándonos que dicha casa pudo pertenecer a algún eclesiástico, o noble relacionado con la Iglesia, pero esto es una hipótesis, nada más. Las esculturas, voluminosas y monstruosas, que pueden verse en tres de los lados del vano no son, precisamente, elementos decorativos religiosos, sino más bien lo contrario. (lástima el deterioro de las figuras verticales). No son angelotes, como algunos vecinos han llegado a suponer, sino cuerpos humanos con cabeza de animal. Y este es el aspecto singular del ejemplar. Nada similar hemos encontrado en las ventanas que llevamos vistas, ni siquiera en las renacentistas, que serían las más propias para este tipo de esculturas. Animales con cuerpo humano desnudo y cabeza de animal podrían ser más propios del arte románico, época de símbolos, que del momento barroco, al cual parece que debió pertenecer el cantero que ejecutó esta curiosa obra. El desvarío artístico en esta ventana hace de ella una de las más extrañas e interesantes conocidas en Burgos.
       Otro escudo, en el lado sur de la casona y oculto por el follaje de un árbol, apenas si deja ver una fecha: 1781. Sería de gran ayuda, para conocer la historia de esta casa, ver si existen coincidencias entre las armas de los dos escudos.
   

miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA FUENTONA CASI ENTERRADA DE MAZUELA


Enterrada o no, al menos se ha conservado

La cubierta a ras del suelo

Frente de La Fuentona con su gran arco de acceso al depósito,
que aunque parezca extraño, por la gran sequía que sufrimos,
se encuentra lleno de agua 


FOTOGRAFÍAS: La Fuentona de Mazuela (tomadas en noviembre de 2017) 

     Una especie de glorieta de reciente creación en Mazuela ha dejado semienterrada La Fuentona, la monumental fuente de la que siempre se surtió el vecindario de este pueblo. Este magnífico ejemplar con forma de capilla, de posible origen medieval y que tantos servicios prestó, quizá no se merecía semejante entierro, en mi opinión.  Pero bueno, todo sea por el progreso, al menos es de agradecer que todavía podamos disfrutar de su poderosa cubierta.

     

lunes, 13 de noviembre de 2017

REFUGIO PARA CUATRO AIRES


Refugio pastoril con huecos a los cuatro aires

FOTOGRAFÍA: Refugio de pastores en páramo de Tubilla del Agua (noviembre, 2017) 

       
       Inteligencia pastoril, arquitectura de piedra libre y necesidad, ajena a lo superfluo, eso es lo que yo veo en este parapeto. Nos tomaron la medida, compañero Aire, crearon defensas para tus impetuosas embestidas, de aquí y de allá, nada pudiste hacer contra este refugio que aquí plantaron, ni yo cuando ventisqué dardos sin compasión. Esta construcción es un fortín antivientos, tiene socallados a todas tus veleidades, al solano, al ábrego, al cierzo y al regañón. Algún pastor del páramo, sabio como ninguno, precursor de los arquitectos de hoy, que nada sabía de titanios ni de sintéticos, construyó este refugio observatorio de cuatro huecos, sin planos y sin ínfulas de recibir premios ni de pasar a la posteridad. Y hasta hoy ha llegado, pese a nuestros embates. Observémoslo con respeto, ya vacío y en la soledad de este páramo de rebaños olvidados. Sí, Lluvia, luchamos mucho por sortear sus defensas y nos venció. 
  
Ecos de la lluvia y el aire
De mis paseos por el páramo

  

miércoles, 8 de noviembre de 2017

LOS PERROS DE DOLENCIAS

        

Sima Dolencias 



FOTOGRAFÍA: Sima Dolencias (5/11/2017)

        La simple lectura  o pronunciamiento de esta palabra le llevará a más de uno a pensar en dolencias del cuerpo humano, en dolores de cualquier tipo de los que suelen aquejarnos. Es lógico. Pero aunque alguna relación pudiera haber entre este significado y el por qué de semejante nombre, lo cierto es que este es aplicado a una profunda sima en el complejo cárstico de Ojo Guareña, en realidad a una de las entradas más importantes de este sistema cavernario burgalés. No aparece escrito en documentos (salvo, que yo conozca, en los estudios espeleológicos) y nadie ha sabido decirme el origen y la causa de tal nombre, y eso que he indagado aquí y allá y he interrogado a las personas más mayores de los pueblos de Sotoscueva. Así que no me ha quedado otra que dar rienda suelta a la imaginación y he encontrado justificación por el hecho de que, tradicionalmente, durante años, quizá siglos, los animales muertos en los pueblos del entorno fueron arrojados en esta sima como manera de hacerlos desaparecer. Resultaba cómodo el sistema (aunque poco ecológico), sin duda, pues no había que excavar fosas para enterrarlos como después se hizo; cargada en un carro, se acercaba la res difunta al borde de la sima, se dejaba caer y si te he visto no me acuerdo. Pero los animales arrojados, generalmente vacas, cuando llegaban abajo no decían ni mú, no podían decirlo, ni podía  dolerles nada ya que estaban muertas. Otra cosa son los perros, que también fue costumbre desprenderse de ellos arrojándolos a la sima, por enfermos, por viejos, o simplemente porque se habían convertido en un estorbo. En el fondo de la sima, quizá heridos pero aún con vida, reunidos en el lugar en que cae a plomo la luz diurna, sus lastimeros aullidos debían oírse día y noche desde el exterior para espanto de todo aquel que pasaba por el camino que discurre a pocos metros del gran bocarón, entre Villamartín y Cueva. Cuentan los vecinos de más edad que algunos perros llegaron a sobrevivir años en torno al fondo de la sima, lo que no debería extrañar mucho, teniendo en cuenta que comida no les podía faltar, al recibir de cuando en cuando carne relativamente fresca; y agua tampoco, pues de ella hay sobrada en el fondo de lo que se precipita en los días de lluvia o deshielo por el gran salto. Cuentan y cuentan los más viejos de Sotoscueva cosas de Dolencias difíciles de creer, algunas terribles, como la de aquel perro que, después de un año de haber sido arrojado y tras recorrer un kilómetro en la oscuridad, pudo salir por Palomeras, la otra gran entrada de Ojo Guareña, y presentarse en la casa de su amo en el pueblo, o la de aquella perra que dio a luz en algún rincón del fondo de la sima. Cuentan... Se cuentan otras cosas aún más terribles sobre Dolencias, pero en clave de miedos y rencores fósiles.

  

lunes, 23 de octubre de 2017

EL CAJONEIRO DE MEIROAS



FOTOGRAFÍAS: Bosque de Muniellos. El cajoneiro de Meiroas (julio de 1996)

 En estos días que las llamas salen por el ojo de la televisión, invaden nuestros hogares y nos angustian, he oído y sentido nombres del pasado que tenía archivados en ese rincón de la memoria que cada uno reservamos para no perder la vida vivida. Este regreso al pasado me ha llevado a días y momentos inolvidables del otro siglo, Muniellos, Ancares, Piornedo..., nombres que ahora arden y resuenan por el fuego criminal. (¡Odiosos pirómanos! ¿Habrá peor crimen que reducir a cenizas un bosque?). Y al escucharlos, no puedo evitar emocionarme. Siento cercanos los lejanos días por aquellas tierras asturianas y gallegas, la visita a Muniellos (hoy cercado por las llamas), la complicada búsqueda de un buhonero por los montes perdidos de Orense, ahora también ardiendo... Hoy, que con tanta frecuencia suelo sumergirme en la espesura de nuestro Monte Hijedo, no puedo por menos que encontrar, por su enorme importancia patrimonial, paralelismos entre las dos gigantescas manchas forestales. Y tiemblo al pensar que algún día pueda suceder lo peor.
Todo se ha aliado para avivar los rescoldos que dormitaban aquí dentro (me toco el corazón). Lo que a continuación sigue, queridos amigos de este Cajón de Sastre, es parte de un reportaje que vio la luz en Diario 16 Burgos en agosto de 1996. Sirva como homenaje a quienes han sufrido hoy, en sus pueblos y aldeas, el asedio y efectos terribles de las llamas.   

 
[...] “Este cronista y viajero ha tenido la oportunidad y el gozo de haber conversado con gentes de oficios del pasado, tan viejos y variados como resineros, bataneros, herreros, boineros, molineros, caleros, yeseros, salineros, serenos de chuzo, maquinistas de vapor, pescaderos fluviales de barca y red, sederos... y más. Pero en esa relación faltaba uno que siempre rondó por mi cabeza: ¡el buhonero! Y había de ser un buhonero que hubiera operado en la provincia de Burgos, lo cual no hacía sencilla la búsqueda.  Para empezar, había que ir a Galicia, centro emisor del oficio.
Tenía, no obstante, parte del camino andado. Hace dos años encontré en una plaza de Burgos a un afilador orensano con su chiflo de la lluvia y su bicicleta y piedra de afilar. Conversé con él, le pregunté si sabía de la existencia en su tierra de algún buhonero (o como quiera que se llamara) que hubiera bajado con su cajón hasta Burgos. Su respuesta no pudo ser más esperanzadora: “En el Concello de Esgos deben vivir varios”. ¿Esgos?, dije. Lo conozco, hace una quincena de años visité este municipio y su antiquísimo Monasterio de San Pedro de Rocas, excavado en una pared de granito.
Que fue así cómo pude iniciar mis pesquisas en la tierra de los afiladores y cajoneiros. Tracé un plan de viaje turístico con la familia por el interior de Galicia, por las honduras desconocidas de este país. De paso, cumpliría también un viejo sueño, aprovecharía para visitar el mítico bosque de Muniellos [estos días amenazado]. Transcribo ecos de aquel artículo:


MUNIELLOS

[...] “Saber que solo veinte personas pueden visitar diariamente el bosque de Muniellos es una circunstancia gozosa que me animó sobremanera. Solo 16 personas más, perdidas quién sabe dónde, por la inmensidad de aquella mancha verde, dicen que poblada de osos, compartiendo con nosotros la maravilla natural, se me antojaba como algo increíble, fantástico. Era el momento de recordar y agradecer a nuestro paisano Félix Rodríguez de la Fuente, que en los años setenta denunció con fuerza los estragos que las empresas madereras estaban llevando a cabo en Muniellos, consiguiendo que aquello se frenase”.



En la profundidad de Muniellos




                 EL CAJONEIRO DE MEIROAS  

         Pero situémonos ya en Esgos. Pasemos por alto la circunstancias que rodearon nuestra visita a lugares que, por sí mismos, podrían ser objeto de detenido homenaje. Celanova y su grandioso barroco gallego, la Ribera Sagrada del Sil (hace no más de diez años solo conocida con ese nombre por archiveros catedralicios y hoy elevada a los altares de las rutas turísticas gallegas), o el monasterio de San Pedro de Rocas, refugio de la Ciudad de los Muchachos del padre Silva, lugares todos imbuidos de la magia galaica.

[...] “Buhoneros, buhoneros... aquí hubo muchos. Y aquí fue también famoso el Hombre de Unto”. Así nos habló a primera hora de una mañana sofocante un anciano que estaba sentado en la tienda del pueblo esperando su turno (siempre lamentaré que aquella conversación derivara por otros derroteros  y que no se prolongara para poder saber más de aquel misterioso Hombre de Unto).  El viejo, al conocer nuestra procedencia e intenciones, nos remitió a una paisana, a una mujer de Burgos que fue maestra en Esgos, ya jubilada, quien, según él, habría de ponernos sobre la pista de algún buhonero. Felicidad es su nombre, y vive en un precioso chalet rodeado de hortensias. Se alegró mucho de poder charlar con paisanos, pero de buhoneros, nada.
Continuamos indagando en el bar. Los parroquianos no entendían por buhoneros, pero al mencionarles lo del cajón a la espalda, al pronto dieron pelos y señales de un buen número de personas de la zona que se dedicaron a este oficio y de las aldeas cercanas a Esgos donde vivían. Definitivamente, estábamos, por fin, en la tierra de los buhoneros. Y por considerar que era más hablador y más enamorado de su profesión, los tempranos parroquianos del bar nos remitieron a Manuel Pequeño, un vecino de una aldea llamada Meiroas, situada a unos cinco kilómetros de Esgos. También nos advirtieron de que estaba muy sordo.
Bueno, pues ya teníamos un buhonero, o como quiera que se llamara el oficio del cajón en aquellas tierras. Nos encontrábamos en el corazón de la verde y sofocante Orense, donde las aldeas son tan numerosas que apenas dos kilómetros separan una de otra y donde el laberinto de caminos es tan intrincado que invita a ir sembrando garbanzos para la vuelta.
[...] Aldea de Meiroas, 13 horas del 10 de julio de 1996. Apretaba sin compasión un sol abrasador cuando nuestra entrada en la Plaza mayor fue observada por varias personas que estaban refugiadas en las sombras que el sol caído a plomo permitía. A una de ellas, una anciana diminuta con gafas redondas y cara bonachona (parecía salida de un cuento de Navidad), pregunté dónde vivía Manuel Pequeño. “Ahí le tiene usted”, dijo señalando a un hombre que estaba sentado en una pequeña terraza y que observaba con curiosidad la escena.  Era él. Era, por fin, “mi buhonero”. Emocionado, subí las escaleras y pude verle de cerca. Sentado, parecía enorme, y en la sombra su piel morena parecía negra. Sus facciones me parecieron duras, pero inspiraban confianza. Algunos pliegues en su curtida cara señalaban una vida marcada por los vientos y soles de todos los caminos y de todos los páramos.  Le extendí la mano  y él me la apretó sonriendo. No oyó mi presentación, su sordera era aún más acusada de lo que esperaba y esta circunstancia habría de limitar mi charla con él.
Desde abajo, la anciana de cara bonachona, que resultó ser la esposa de Manuel, se percató de las dificultades de entendimiento que teníamos arriba. Subió e hizo de intérprete”:  “¡Que dice que es de Burgos y que quiera hablar contigo de cuando ibas a vender con el cajón a Castilla, para ponerlo en el periódico”. Y así supimos que fue precisamente esa sordera lo que le retiró de los caminos a los 57 años. No por su deseo, sino porque los hijos le obligaron a ello en vista de sus dificultades para entenderse con los clientes. “Así no se puede andar por los caminos”, le dijeron.



Sentado en su cajón de los milagros



RECORRIÓ ESPAÑA, PRIMERO CON EL CAJÓN  Y DESPUÉS CON LA RUEDA

De entrada, Manuel Pequeño, perfecto dominador del castellano (gracias sin duda a los muchos viajes que hizo a Castilla), aclaró un concepto importante: “Aquí a los que íbamos con el cajón nos conocían como cajoneiros, como a los que hacían cordeles les llamaban cordeleiros”. Y al mostrarle mi interés sobre si en sus viajes había llegado hasta Burgos, no sin cierto orgullo recordó: “Mire, toda la tierra de España  que usted ha recorrido con el coche, la he recorrido yo a pie, primero con el cajón y luego con la rueda de afilar. Y a Burgos también iba, sobre todo a la zona del Esgueva..., por Tórtoloes, Torresandino, Roa de Duero, Aranda... Estépar (aquí parábamos)”. Pero, le pregunto: ¿Llevaba usted algún plano para saber por dónde ir?: “No, no, yo llegaba a un pueblo y allí preguntaba por dónde se iba al siguiente que quería ir, y así me arreglaba. De esa manera, con el cajón cargado a las costillas, con unas correas, he llegado a pie a Burgos, a Puigcerdá, a La Bañeza... a toda España. Ahora la gente se cansa de ir en coche, pero nosotros, los cajoneiros, no nos cansábamos de andar, estábamos acostumbrados”. 
Y prosigue el interrogatorio con la colaboración de Manuela, que es quien transmite las preguntas al oído de Manuel: “¡Que dice que cuándo empezaste a salir con el cajón!”: “De muy pequeño, a los once años, trabajando de criado para un amo. Después me establecí”.
[El cajón] Y en el cajón, ¿qué llevaba dentro de él?. Ah, pues bisutería, cuchillos, tijeras, lentes para la vista cansada, bobinas de hilo..., también estampas de San Blas, de San Antonio, de San Benito, de San Ramón, abogado de las mujeres.... Cuando en los pueblos me veían llegar, las mujeres decían: “¡Ha venido el estampeiro, ha venido el estampeiro!. Había mucha costumbre de comprar estampas”. ¿Y pesaba mucho el cajón?: “Bastante, era de nogal y cargado pesaba sobre sesenta kilos. Sí, sí era pesado, pero también era una comodidad, porque cuando tenías que hablar con un paisano, nos sentábamos en él”.
[Los viajes] ¿Cuánto tiempo estaba fuera de casa?: “Pues... sobre dos o tres meses.  Marchábamos cuando en el pueblo no había faenas que hacer y volvíamos cuando ya era necesario trabajar en el campo”.
[Manuela] ¿Qué hacía mientras tanto la esposa del cajoneiro ausente?: “Esperar con los hijos a que volviera Manueliño (responde ella con resignación), y esperar también a recibir alguna carta suya. Luego, cuando regresaba a casa me contaba las cosas que había visto y oido”.
¡Manuel!, grité al oído del cajoneriro. ¿Era aburrido caminar solo por los caminos y atajos? “A veces sí, aunque durante mucho tiempo me acompañaba la radio, que es lo que debió dejarme sordo, y eso que solo escuchaba los “partes”. Otras veces, por Castilla, solía coincidir con arrieros que iban con reatas de mulas y el viaje se hacía entretenido. Por las noches jugábamos en las fondas a las cartas con los amigos... Me querían mucho por Castilla”.



Con su rueda de afilar viajó por Castilla



UN CEMENTERIO DE RUEDAS DE AFILAR

Agotados por el esfuerzo para entendernos, agradecí que el matrimonio nos condujera a un cobertizo separado de la casa  donde, para sorpresa y gozo de todos, pudimos ver un apilamiento de ruedas y bicicletas de afilar de diferentes épocas. La más antigua, una joya de madera de una sola rueda, de esas que se exhiben ahora en los museos etnográficos gallegos y que por no tener pedales había de ser arrastrada con las manos. Aquello era, sin duda, un cementerio de ruedas de afilar. Y todas las condujo alguna vez Manuel, y todas con su historia. Porque después de cajoneiro Manuel pasó a ejercer de afiladeiro, y los viajes se repitieron, de igual manera y por los mismos caminos. 
Hoy, a sus 77 años, recuerda Manuel con alegría aquella vida buhonera, y junto a un hórreo de su propiedad hizo para nosotros su penúltima demostración, tocó la chifla, hizo rodar la piedra afiladora y se sentó a continuación, como tantas veces lo había hecho, en el cajón que durante años fue su compañero de viaje.
Aquello fue el final. Dejamos allá, en aquella recóndita aldea orensana  de la que nunca antes habíamos oído hablar, a unos amigos que ya nunca podremos olvidar.



sábado, 9 de septiembre de 2017

CUANDO LA TIERRA TIEMBLA


Valle y ciudad de Oaxaca

Catedral y árbol en Oaxaca

 Oaxaca llena de vida

La luz de San Cristobal de las Casas

Luz colonial en San Cristobal de las Casas 

Uno de los maravillosos patios coloniales
de San Cristobal de las Casas


FOTOGRAFÍAS: Chiapas (Oaxaca y San Cristobal) Tomadas en 2013 y 2016


Te despiertas una mañana, son las siete, pones la radio como todos los días, para ver qué pasa en el mundo. Esperas oír noticias de Cataluña, por supuesto, como todos los días, y del huracán Irma, como no podía ser de otra manera. Y no. Esa mañana, no, el informativo abre con un terremoto de escala 8,4 que acaba de producirse en México, en Chiapas, a miles de kilómetros de ti. ¿Ocho con cuatro, dicen? ¡Pero eso será un desastre total, una tragedia, nunca antes hubo uno de esta fuerza!, piensas en ese duermevela en el que te encuentras. Mas de pronto, resuena en ti un nombre ¿Chiapas? Te restriegas los ojos y terminas de despertarte aterrorizado. Y entonces el temblor lejano y mexicano te hace saltar de la cama, lo sientes con la misma fuerza aquí, en Burgos, en tu propio dormitorio. Sientes que a tu hijo o hija que se encuentra allí, casi en el epicentro, le ha podido suceder lo peor. Son momentos de angustia que nadie debe querer para nadie. ¿Qué hacer?, todo estará colapsado, nunca antes había habido un terremoto de semejante magnitud. Impotente, imaginas lo peor de lo peor. Al escuchar los nombres de Chiapas, Oaxaca, San Cristóbal, podrían venirte a la mente imágenes pasadas, placenteras, de vacaciones en esos maravillosos lugares de ese mágico país, pero no, irremediablemente lo que te viene es la de tu ser querido bajo escombros. Y cuando por fin te comunicas y ves que está a salvo y sin rasguños sientes, pese a la tragedia de los demás, ese relajamiento y ese alivio que te hace respirar de nuevo. ¡Que viva México! Solidaridad con México.


PD: ... Y a los pocos días la tierra volvió a temblar en México, con mucha más fuerza, con inmensos daños y con pérdida de muchas vidas. 

Solidaridad con México. 


Los colores de Puebla 

  
Puebla colonial


Luces de Puebla







jueves, 31 de agosto de 2017

SIEMPRE UNA SORPRESA EN BRUSELAS


Tertulias nocturnas en la Grand Place 


FOTOGRAFÍAS: Gran Plaza de Bruselas. Museo del Juguete en Bruselas (agosto de 2017)

        Una vez más me siento en la obligación de preguntar si hay alguien por ahí: ¿hay alguien? Eso espero, después de mi largo silencio tras dos semanas en Bruselas, la ciudad que siempre, desde hace veinte años, se empeña en mostrarme algún secreto, alguna maravilla. Esta vez podría deciros, queridos amigos de este Cajón de Sastre, que lo que más me impresionó fue ver en su incomparable Plaza Mayor a grupos de gente sentada en el suelo, en animadas tertulias nocturnas,  rodeados de tanta belleza. Fue una imagen de esas que quedan retenidas en el tiempo. (Que no, que el cambio climático también ha llegado a Bélgica, que la lluvia para nada es omnipresente y que el calor hace que los bruselenses y turistas puedan tomar la fresca de la noche al igual que se puede hacer en Garganta la Olla, por ejemplo).
        Pero la maravilla que hoy quería mostraros es el Museo del Juguete, magna colección de la que os dejo alguna muestra. Envidia me dan este tipo de museos, en Burgos podrían hacerse tantas cosas... Qué ocasión perdida la de la vieja estación del tren. Si vais al país de Magritt o Jacques Brel, el de las gárgolas negras que descuelgan (o descolgaban) nubes, no os perdáis este museo de los sueños, menos si lleváis de la mano a vuestro pequeño hijo o  a vuestro nieto. 


Es el responsable, el alma del Museo. 
Ahora enseña a pequeños y grandes el funcionamiento 
de los juguetes

Espectacular colección de teatrillos de marionetas

Algo más que un tren de juguete

En algunos países puritanos el Arca de Noé
era el único juguete con el que podían
jugar los niños los domingos

El cuarto de reparaciones de los juguetes
con un reencarnado Geppetto al frente